Fue un día domingo invernal, no recuerdo bien la fecha. Sólo recuerdo
que la lluvia era rutina. Llegué al punto de reunión con la puntualidad
del primer día de clases. Pero no había nadie -¿Será el
lugar correcto?. ¿Anoté bien la dirección?- Me pregunté con
la aterradora duda del recién llegado que no conoce ni la gente ni sus
costumbres.
Pasado un rato que se me hizo eterno (quizás lo fue) aparecieron.
Uno, luego dos, tres, hasta cinco jeeps. Ya estaba todo el grupo del día,
dando inicio al obligado rito de presentarse. -¡Hola, qué tal, mi
nombre es Gonzalo!-. Aparecieron los Alfredo, los Gerardo, los Jean Pierre, los
etc. Pero ¿dónde estaban las caras más familiares,
las que había logrado memorizar en mis primeras reuniones del Club? Al
parecer habían escogido la tranquilidad y el calor de sus casas.
Nos dirigimos rumbo a la zona de Rapel buscando barro y agua. La lluvia no paraba.
Era el temporal más grande de los últimos años, tal como
lo atestiguaban las compuertas abiertas de la represa, con sus cascadas de agua
llegando hasta el cielo. Y comenzó el barro. Era yo el feliz dueño
de un Feroza desde hacía sólo un par de meses, sin ninguna experiencia
en el arte del jeepeo. Mis máximos logros estaban en el Cajón del
Maipo, habiendo conquistado las Termas del Plomo, las Termas de Colina y el Glaciar
El Morado, obviamente en verano (y en una reunión del Club me enteré que
eso era un juego de niños).
La primera escala fue la casa de Oscar en el Lago, parada obligada para almorzar.
Ubicada sobre una ladera con un acceso muy resbaloso, que provocó algunos
problemas al descender de ella. De hecho, rápidamente aprendí a
conocer las cintas de tiro y la gran utilidad que prestan. Seguimos luego hacia
Rapel y Litueche, buscando caminos difíciles y con el plan de regalar
pan a aquellas familias que más lo necesitaran. A poco andar, al salir
de una curva, árboles caídos bloqueaban la ruta. -¡Crucemos
a través del bosque! -sugirió alguien. La idea fue aceptada. Yo
me preguntaba por donde. Pero lo logró Gerardo. César quedó en
la mitad del bosque y Ricardo también.
La
parka ya no pudo con el agua y sentí como poco a poco se humedecía todo mi cuerpo. Comencé a
apreciar como las palabras solidaridad, cooperación y amistad se convierten
en acción y se emplean en su total significado cuando un jeepero está en
problemas. En medio del bosque, ni el barro ni el agua eran excusa para tender
una mano. Ni siquiera la extraña sensación del piso en movimiento,
provocado por las raíces de los árboles mecidos por el viento.
Salvado el obstáculo, pensé que había pasado lo peor. De
hecho, tenía ya suficientes emociones en mi haber. Sin embargo, al seguir
avanzando, la ruta nos enfrentó a nuevas sorpresas: Canales desbordados
inundaron el camino.- ¡Por aquí no pasamos! - fue mi primera impresión.
Sin embargo. al ver avanzar a través del agua al resto de los jeeps, no
me quedó otra alternativa que continuar. ¡Total, ellos saben muy
bien por donde van, ya que son un Club y tienen experiencia! – medité como
consuelo para darme ánimo. Pero el agua subía y subía.
Observaba al Cherokee Azul delante mío con el agua sobre el parachoques,
y pensaba en mi pobre Feroza, mientras las olitas que formaba su propio andar
reventaban levemente sobre el capot. –¡Menos mal que no vino Gabriel!– escuché
por la radio, sin entender el comentario. A esa fecha no conocía
los estragos que puede causar el agua dentro de un motor. Después
de varias pasadas de agua el alivio fue parcial, dado que no existía
salida y tuvimos que regresar por donde mismo entramos. En el agua
otra vez, el motor sonaba como una gárgara profunda, ahogado
por el lodo espeso. El andar era tan pesado, tanto que parecía
no poder ya continuar. –¿Y si se me para el motor?– Y
mientras este pensamiento me abrumaba pisaba el acelerador como si
de eso dependiera la vida. Lo único que sabía de pasadas
de agua era lo que alguna vez leí en el manual del Feroza: “Antes
de entrar en el agua, mueva la palanca de transferencia a la posición
4L".
Con el relajo de haber cumplido con éxito las pruebas el viaje continuó.
Poco a poco el camino de barro se fue estrechando. Ricardo iba primero informando
la ruta e instando a continuar. El Feroza como corralero avanzaba, yendo de vez
en cuando contra las ramas que arañaban todos sus costados. Recordé como
sufrí la primera vez que encontré una minúscula raya en
la pintura nueva.
Continuamos hasta que el camino se transformó en un sendero que comenzaba
a bajar por una cuesta que se había convertido en un río. Ahí descubrí que
no era una ruta conocida por mis compañeros y la duda de lo que encontraríamos
al final creció en mi interior - ¿Un río, barro o un camino?
-. De sólo pensar en tener que regresar por el mismo sendero me hacía
presentir un mal final –¿En qué momento se me
ocurrió participar
en un club de jeeperos?–. Me preguntaba con el freno a fondo mirando las
ruedas de la camioneta de César suspendidas en el aire. Gracias a Dios,
la cuesta desembocó en un camino bastante aceptable para lo que habíamos
andado.
En una casa cercana entregamos pan y la pregunta al lugareño fue inevitable: –Oiga, ¿Cómo
se llama una cuesta que está más atrás?
–¿Cuál cuesta?– respondió agradecido con la
bolsa de pan en sus manos. –¡Una que está allá, más
atrás!– y le indiqué con mis manos.
–¡Nooo, si esa no es pa' vehículos, es pa' animales no ma'!
Entre nosotros surgió una mirada de incredulidad y asombro.
Con el cansancio reinando en la radio, la última escala fue una estación
de servicio de Melipilla. Un buen café para entibiar el cuerpo y una amplia
sonrisa para comentar las experiencias del grupo, sorteadas sin ningún
daño que lamentar. Ya de regreso a Santiago, el barro dentro del Feroza
se encargó de recordarme todo lo vivido en mi primer jeepeo.
Esa noche no dormí.